Una marea de sueños, por Ángel Zapata

Una marea de sueños.

Así titula mi admirado Ángel Zapata (Madrid, 1961) el prólogo que ha escrito para mi libro Terrestre océano y que os invito a leer.

 

Una marea de sueños

 “Florecer desean ellas y florecer es mostrar su

propia hermosura. Madurar, queremos nosotros, y eso es ser

algo oscuro y esforzarse sin tregua.”.

M. Rilke

Sueño de Venus (Odilón Redon)

Sueño de Venus (Odilón Redon)

Preguntarse qué es arte y qué no es arte en el territorio de la ficción literaria resulta casi siempre un empeño estéril. Más que nada porque la poeticidad, el poder de conmoción de un texto, se imponen por sí mismos al lector, y ninguna objeción de tipo académico le restaría un ápice de su valor a esas obras que —más allá de sus méritos formales— han conseguido deslumbrarnos, perturbarnos, atraparnos de un modo duradero en su órbita sensible. A grandes rasgos, eso sí, cabría decir que reconocemos la artisticidad de un texto narrativo por el vigor y la audacia con que, al mismo tiempo que cuenta una historia, plantea ejecutivamente la pregunta “qué es narrar”. Sin esta pregunta, es difícil que la escritura de ficción rebase el plano de la mera artesanía. No hay, desde luego, una oposición irreductible, en el interior de la obra de arte, entre lo que es procedimiento y lo que es búsqueda; pero a la vez es mucho lo que se juega en esta mera cuestión de grado. El texto en donde prima lo artesanal se ofrece como producto terminado, y en esa medida satisface nuestras expectativas y valida una vez más los códigos en los que se apuntala el texto de la realidad, el texto que es la realidad. Por su parte, el texto volcado hacia lo artístico se propone como producción, nos aboca a esperar lo inesperado, des-sedimenta todas las capas de significado inerte, residual, por medio de las cuales la realidad simula la consistencia de lo Necesario.

Lo Necesario, sí, afirma tautológicamente que lo que hay es lo que hay. Y para el viaje que desemboca en la corroboración resignada y fúnebre de lo que hay no necesitamos —no hemos necesitado nunca— las alforjas de la imaginación poética: nos basta con el B.O.E. y el Código Civil. Si pese a todo narramos, es porque lo real no agota lo posible, porque ahí donde el pensamiento encuentra un límite, donde la experiencia desfallece, la imaginación está impaciente por tomarles el relevo; porque algo en nosotros intuye, “con más certidumbre que claridad”, que las cosas no son irrevocablemente lo que son, que todo podría ser de otra manera, y no termina de resignarse.

Nada más significativo en esta línea (estaba tentado de escribir: “nada más programático”), que el ambiguo y restallante oxímoron nerudiano que Tere Susmozas ha elegido como título de su primer libro de cuentos: “Terrestre océano”. El oxímoron, en efecto, es esa figura por la que lo impensable viene al lenguaje, por la que la palabra emancipada desafía frontalmente a lo posible. El oxímoron es la palabra creando un cortocircuito del pensamiento; y es el movimiento por el que aquello que repugna a la intuición lógica se convierte en tarea para el vigor de una imaginación a la que pocas cosas sabrían desalentar. No podemos, es cierto, concebir clara y distintamente el “pez soluble” que André Breton liberó en las aguas de la zoología fantástica. Pero el binomio es tan atractivo, que la imaginación no retrocede ante en el empeño incesante de atisbarlo. “Terrestre océano”, por su parte, no es al final sino otra forma de nombrar el desierto. Y esta labor  igualmente interminable de metaforizar/metamorfosear el terrible desierto de lo Real es, quizá, lo que con más fidelidad describe el propósito de la obra de arte y la esencia del acto poético.

Tal como sucede en el oxímoron que le da título, los relatos que integran este libro de Tere Susmozas son —uno por uno, y también tomados en su conjunto— un vibrante y arriesgado acto poético que crea, en cada caso, su propio plano de consistencia. Y sobra añadir que se trata aquí de un plano de consistencia no regulado, desde luego, por el principio de realidad, sino por el principio del placer que es inmanente a la poesía misma. Este libro, en suma, trata de lo que sólo puede existir si existe poéticamente, si existe como poesía, y por eso se dirige no a nuestro “yo” usadero, trivial, desertizado, sino a aquello que en cada un@ de nosotr@s permanece y permanecerá siempre soberanamente disponible, abierto a lo impensado, tenue, ensoñante, humano, libre.

Como en tod@ artista que no desmerezca de ese nombre, el universo ficcional en que nos sumergen los relatos de Tere Susmozas es al mismo tiempo propio y común; está atravesado por una diferencia irreductible, pero esta diferencia, a su vez, se construye en un diálogo consciente y vivo con el texto de la literatura y, dentro de él, con una tradición determinada. “Terrestre océano” podría definirse en este sentido como un libro netamente neosimbolista, una estética —por otra parte— que en el cuento español más reciente han frecuentado autores como Ángel Olgoso o Manuel Moyano, y que incluso ha sido objeto de una reivindicación y una renovación explícitas por parte de cuentistas como J. J. Muñoz Rengel e Inés Mendoza. “Terrestre océano”, pues, es un libro que retoma muchos de los principios y las líneas de fuerza presentes en el Simbolismo (muy especialmente la autonomía de la invención sensible respecto de la realidad externa: el “modelo interior” de la representación, que radicalizará más tarde el surrealismo), pero que no se ciñe, claro está, a la recuperación literal y mimética de una serie de procedimientos de escuela. Lejos de ello, los relatos de “Terrestre océano” respiran dentro del espíritu que animó en su día al Simbolismo histórico, sí, y sin embargo es evidente cómo dejan de lado buena parte de la utilería y la terribilitá simbolistas, y las sustituyen atinadamente por la estilización, el adelgazamiento de la trama, y el uso altamente expresivo de unas texturas abstractas y conceptuales, mucho más afines a los supuestos de la sensibilidad contemporánea. El resultado de ello es un libro sugerente, pregnante, altamente cautivador, donde la ensoñación reivindica sus legítimos derechos en el espacio de lo ficcional, y lo visionario es promovido a la dignidad de un método.

Este primer libro de Tere Susmozas, “Terrestre océano” no se resiente, sin embargo, de las vacilaciones y los tanteos que suelen caracterizar a tantas publicaciones primerizas. La artisticidad, en él, es menos un objetivo que un punto de arranque. La pregunta por el hecho de narrar lo atraviesa, en efecto, de principio a fin. Y por eso el libro, relato a relato, se construye no como una respuesta sostenida en falso sobre la rigidez de no importa qué dogma, sino como una colección de propuestas, en las que las certezas de la representación realista son sometidas a prueba por el impulso exploratorio de esa imaginación emancipada que, desde su interior, la ha cuestionado siempre.

Rilke se refirió inspiradamente a la madurez como a una tarea, como a un esfuerzo que se sostiene y dura. Salta a la vista que “Terrestre océano” es el resultado de un proceso sostenido y dilatado de maduración artística, la culminación de una primera etapa, en la que se vislumbra una aventura estética de muy amplio horizonte. Pedir “más”, pedir el siguiente libro a un autor o autora debutantes, es un resabio de la crítica que siempre me ha parecido “superyoico” y cruel. A Tere Susmozas, en cambio, sí se lo pediría —y estoy seguro de que conmigo van a pedírselo sus lector@s—, por egoísmo, por vicio y por fervor. Tomamos, pues, la marea de sueños y la lectura gozosa de este “Terrestre océano” en concepto de adelanto sobre los libros que todavía han de venir. Por el momento, eso sí, tendremos que consolarnos, l@s lector@s y yo, recordándonos que los malos libros terminan en la última página, mientras que los buenos —y “Terrestre océano” es uno de ellos— desembocan jubilosamente en el mar abierto de la literatura.

©Ángel Zapata

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