“La mujer sin cabeza”, un cuento de Javier Quevedo

Mujer sin cabeza (2.Cuento J.Q. - Wolfgang Lettl)

(c) Wolfgang Lettl

  Una vez amé a una mujer sin cabeza. Fue un amor colosal, sin fisuras. Por cuanto no hablaba ni tenía raciocinio, era como amar a un animalito. «¡Machista!», me increpaban mis amigos, todos absolutamente modernos. ¿Pero qué otra cosa podía hacer? La mujer sin cabeza vino a mí. Yo tan sólo la dejé pasar. Sucedió de esta manera: en el curso de una interminable siesta perezosa, de esas que uno, más despierto que dormido, podría prolongar hasta el día siguiente entre duermevelas donde la consciencia no es más que el colector de sentidos inermes, sentidos vírgenes que se dejan bombardear con la candidez del primer día (chillidos de pájaros y niños entremezclados a través de la ventana abierta, paraíso), en una siesta semejante, digo, estando aún con los ojos cerrados, sentí una mano sobre mi espalda. Yo vivía solo, aunque a menudo dejaba la puerta de la calle entornada. ¿Estás loco? ¿Quieres que te maten?, se pregunta ahora todo el mundo, y la respuesta es sí. Hacía tiempo que deseaba ser asesinado. Alguien apuñalándome o disparándome ―preferiblemente esto último― hubiera recibido una última sonrisa mía de agradecimiento. Tampoco es que lo buscara con pasión; siempre he sido perezoso. Era más bien como si, en medio de una aburrida charla, uno desease algo imprevisto, truculento, que le liberase de la obligación de asentir. Así sucedía con mi vida. Por ello no abrí los ojos de inmediato, aunque hacía mucho que vivía solo y nadie entraba en mi casa, ni siquiera yo. La mano se posó sobre mi omóplato derecho ―yo dormía bocabajo― tan suavemente que, por un instante, dudé de si no se trataría de una corriente de aire. Pero entonces comenzó a deslizarse lentamente a lo largo de mis vértebras ―era una mano, ya no había duda― hasta detenerse en el coxis. Ningún asesino acaricia así, pensé mientras sofocaba un primer impulso de abrir los ojos. La mano titubeó un segundo ante la barrera de la sábana, que me dividía justo en dos mitades. Pero sólo uno, porque con la misma suavidad continuó descendiendo hasta mi nalga derecha, que contorneó con delectación y ―mediante un imperceptible saltito― hasta la izquierda, con la que procedió con justicia simétrica, como esos padres que, tras acariciar a su hijo favorito, se apresuran a hacer lo propio con el segundón, no vaya a ser que se amohíne. «Le gusta mi culo», pensé complacido, sin abrir los ojos, y supuse que ahora comenzaría lo escabroso, pero me equivoqué. La mano se despegó de mi piel, salió de las sábanas y desapareció. Aún me demoré con los ojos cerrados un rato fantaseando la multitud de posibilidades (deliciosa lotería de la imaginación) que se abrían ante mí, mientras aguzaba en vano el oído.

   Por fin abrí los ojos y la contemplé. Se hallaba sentada en la silla donde dejo la ropa, muy formal, con las piernas cruzadas. Desnuda (nunca la vi de otra manera en interiores). Había depositado la ropa en la alfombra, a sus pies, después de doblarla con esmero, cosa que yo nunca hago. Puesto que siempre había deseado una mujer sin cabeza, no me sorprendió en absoluto encontrármela. Ya era hora, pensé, como todos los que creen que lo único irritante de los milagros es que no se produzcan con la debida frecuencia. Entonces me vinieron unas cuantas palabras a la cabeza: vivificante, gentileza, plétora… todas esas palabras me vinieron a la cabeza mientras la contemplaba pierna sobre pierna, muñecas cruzadas sobre el muslo superior, largos dedos que pendían descuidados con una gracia insuperable, pechos retozones apuntándome directamente a la cara ¿Qué hubiera añadido a todo eso una cabeza? ¿Espíritu? No, ahí estaba de más.

   Poseía un cuerpo espléndido ―felino, elástico, sensual―, pero acababa a la altura del pescuezo, como María Antonieta después de la guillotina. ¿Pensáis que eso me importó? No me conocéis. Yo, que había intimado con tantas mujeres banales, resucitadas de repente no bien callaban y me abrazaban, reconvertidas en otras apenas dejaban la iniciativa a su cuerpo hasta el punto de permitirme establecer con aquellos cuerpos relaciones de verdadera camaradería, casi clandestinas, a espaldas de sus anodinas dueñas; yo que experimentaba la más viva compasión por aquellos troncos y extremidades cruelmente sojuzgados por una melena, unos ojos vacíos, una lengua garrula que los obligaban a realizar todo tipo de melindres, reputados el colmo del atrevimiento… ¿creéis que ese mismo yo no se levantó, no caminó de puntillas hacia la intrusa, se arrodilló a sus pies y apoyó la cabeza en su regazo? Y entonces, atended, ¿creéis que ella no me palpó el rostro, facción a facción, con las sensitivas yemas de sus dedos y, una vez concluido el examen, me agarró del pelo y, como una Judith con la cabeza de Holofernes, me levantó de un tirón al tiempo que ella misma se incorporaba? ¿Y qué hizo entonces sino conducir ―ahora de nuevo toda mimos― con una mano apoyada en cada mejilla, mi cabeza hacia el lugar donde debía haber nacido su cuello, donde quizás en un tiempo estuvo? La dejó allí apoyada, como si fuera la suya, y me abrazó y yo también la abracé, mientras contemplaba nuestro reflejo en un gran espejo de pie que había frente a nosotros: el misterio de la binidad, dos personas distintas y una sola cabeza verdadera. Le di la vuelta, la abracé por la espalda y volví a contemplarnos: ahí estaba yo con un espléndido cuerpo de mujer, acariciando lo que parecían mis propios pechos. Tal fue nuestra presentación. No hizo falta más. Desde entonces fuimos amantes, ¡oh monstruos marinos que me entendéis!

    El amor a una mujer sin cabeza es una experiencia absorbente pero, al mismo tiempo, muy liviana. Es muy fácil perder la cabeza por una mujer sin cabeza, precisamente porque no hay ninguna necesidad de utilizarla. Cuerpo a cuerpo, todo cuerpo, sólo cuerpo… ¡y cómo al poco tiempo aprendí a hablar su lenguaje de caricias y achuchones, de arañazos y roces etéreos, repleto de infinitos matices, más complejo que el chino mandarín!

   ¿Cómo describir el alivio ―en los instantes de éxtasis amoroso― de prescindir de esos ojos, a menudo bizcos o a la virulé, de esas bocas agonizantes o torcidas, de esos gemidos estridentes, que son como los estertores de una conciencia que se resiste a desaparecer?… Toda esa grotesca máscara del orgasmo que los animales tienen el buen juicio de evitar. Desde entonces, nada más que silencio o el ruido que hacen dos cuerpos cuando se aman; os puedo asegurar ―en contra del poeta― que no es nada triste tal ruido.

      Ella se quedó, a pesar de la puerta entornada. Transcurrieron días de completa felicidad. Nada más sencillo que nuestra convivencia: yo seguía con mi vida de siempre; la mujer sin cabeza pasaba largas horas tumbada, como un gran felino. Se desperezaba, comía, caminaba hasta el baño y a la salida, durante unos instantes, emprendía una carrera loca, vertiginosa, de una velocidad imposible por habitaciones y pasillos, sorteando muebles y obstáculos con pasmosa habilidad, sin tropezar jamás con nada. Al terminar, se acercaba con andar elástico hasta mí y se recostaba contra mi pecho. La caricia más epidérmica provocaba entonces efectos fulminantes sobre su piel repleta de terminaciones nerviosas, de una sensibilidad casi enfermiza. Un simple roce y se estremecía, se erizaba, un extraño ronroneo semejante a los giros de un molinillo de café llenaba la habitación, se frotaba contra mí, sus manos buscaban con insistencia mis puntos débiles, ya no podían estarse quietas ni un instante…

      Quienes hayan convivido con un gato podrán comprender el placer constantemente renovado de ver aquella belleza animal paseando desnuda por las habitaciones de mi casa. ¡La libertad, la gracia, la audacia! ¡la democracia! Aquellas espléndidas fuerzas al fin liberadas de la tiránica cabeza rectora, habían organizado de manera autogestionaria, casi asamblearia, su propia coordinación psicomotriz.

   De alguna forma ―no me preguntéis de cuál― tenía repartidos por todo el cuerpo los sentidos que otros concentran en la cabeza. Cada uno de sus poros poseía labios, ojos, nariz, orejas. Sus manos eran sensores de alta precisión. Manos fuertes y delicadas. ¡Extraordinariamente fuertes y extraordinariamente delicadas! Capaces con una sola caricia de leer mis pensamientos más recónditos. Qué necesidad había de una cabeza… ¿Para comer, decís? Comía por la piel, se restregaba los filetes como otras se untan la crema solar o el aceite de baño. Después, enseguida se duchaba, siempre se mantenía muy limpia.

   ¿Era aquella criatura acéfala el resultado de un acto violento o más bien de una transición gradual? ¿Provenía de una mutación o de un moroso proceso de atrofia, último eslabón de una cadena de mujeres con cabeza de chorlito? ¿Había realizado su propia Revolución francesa y guillotinado a su personal tirano o surgió tal cual, ya descabezada, del vientre de una madre microcéfala, al término de un linaje de hembras capitidiminuidas?

(c) Wolfgang Lettl

(c) Wolfgang Lettl

¿De dónde apareció? Quién sabe y a quién le importa. A mí no. Carezco de curiosidad.

   Sin embargo, yo podía notar la suya a cada momento; no podía disimularla. Su mayor distracción consistía en explorar mi semblante una y otra vez, con intriga insaciable, sin descuidar ni el más mínimo recoveco. Yo dejaba hacer a aquellos dedos con vida propia, que apenas rozaban mi cara, con el punto de presión ajustado para sortear el cosquilleo tanto como la irritación de piel. Delicia de curiosidad infantil; sesiones de exploración facial de las que nunca nos cansábamos. Siempre concluían acercándose tímida a mi boca, entreabriendo con titubeos mis labios, tanteando hasta dar con la punta de mi lengua, que frotaba con suavidad entre dos dedos, cual si de un segundo órgano eréctil ―más menudo y delicado― se tratara. ¡Candorosa decapitada! ¿Acaso no era comprensible la asimilación de ese orgánulo a aquel otro, más contundente y del que también carecía, ambos igualmente emprendedores a la hora de proporcionarle placer? Aquel onanismo lingual tan voluntarioso como estéril terminaba provocando mi risa; no podía evitarlo. Ella se ofendía, me soltaba un cachete, salía corriendo. Yo la perseguía por pasillos y habitaciones hasta acorralarla en un rincón. La abrazaba, me rechazaba, forcejeábamos ―su fuerza descomunal contra la endeble mía. Nos enzarzábamos, rodábamos por el suelo, hasta que las presas se convertían en abrazos, los mordiscos en besos. Nos amábamos con furia.

  Luego, al terminar, palpaba y palpaba mi cara. Ay, aquella curiosidad infatigable se revelaría fatal.

   Un par de semanas después, harto de verla encerrada, visité a última hora de la tarde el museo de cera y robé la cabeza de Lolita Berrueco, la envenenadora del Ensanche. Ya lo sabéis, fui yo; misterio resuelto. Resultó más fácil de lo que imagináis. En estos tiempos de crisis, los visitantes son tan escasos como la vigilancia. Las cámaras ―luego se supo― estaban de adorno; nadie se sentaba delante de los monitores. La grabación sólo mostraba a un tipo embozado, con bufanda, gorra y el cuello de la gabardina subido. ¿Cómo iba a adivinar yo cuando de niño me llevaban mis padres que esos ojos de Medusa que helaban la sangre, esa sonrisa de demente, esa áspera peluca pelirroja, se convertirían un día en el ingrediente imprescindible de mis fantasías eróticas? Pues con el pretexto de una lesión de vértebras, me hice adaptar por un mecánico un arnés ortopédico sobre el que encajé la cabeza de cera de Lolita, la envenenadora. Y una noche me acerqué con sigilo a la mujer sin cabeza y, por sorpresa, le coloqué el arnés sobre sus hombros. ¡Maldigo la hora en que lo hice! Al instante fue presa de la mayor excitación. Palpó con manos temblorosas la cabeza postiza y se lanzó a corretear de alegría por los pasillos. Al llegar junto a mí, me abrazó con todas sus fuerzas, dándome frenéticas muestras de agradecimiento. Riendo de felicidad, le apreté las correas del arnés y, ya de madrugada, la cubrí con un amplio impermeable ―primera prenda que endosaba en su vida, que yo supiera―, la calcé con zapatillas cómodas y la conduje del brazo a la calle. Casi sin aliento, temblando de emoción, se dejó arrastrar dócilmente por las solitarias calles nocturnas ―los ojos criminales de Lolita mirando al frente sin pestañeos, la sonrisa de orate luciendo imperturbable. Yo vivía prácticamente en las afueras, y en pocos minutos, llegamos a un descampado, donde la liberé de mi brazo y con un leve empujoncito, la animé a correr. Ella comprendió al instante. No sé cómo, venteando acaso por la piel, percibió la vasta pradera que se extendía ante ella y, tras descalzarse y despojarse del impermeable, se lanzó a correr desnuda a la luz de la luna. La vi ir y venir a toda velocidad delante de mí, los pechos danzando salvajemente, esprintando como una pantera tras la gacela o quizás como la propia gacela ante la pantera, hasta que, después de largo rato, al fin exhausta, regresó con instinto seguro hacia donde yo me encontraba, y toda sudorosa y palpitante, sonriéndome y mirándome con la fijeza asesina de Lolita,  se abrazó a mí. Besé aquellos labios y aquellas mejillas de cera, enredé mis dedos en sus cabellos de estopa rojiza y allí mismo, sobre la pradera, nos apareamos como dos culebras en celo.

   Desde aquella noche las salidas nocturnas se multiplicaron. Al mismo tiempo, cada vez me costaba más trabajo arrancarle el arnés. A menudo, me la encontraba inmóvil ante el gran espejo de pie, mirándose con los ojos criminales de Lolita su nuevo rostro de cera, retocándose a ciegas el peinado, palpándose una y otra vez, fascinada, sus rasgos facticios. No podía evitar sentir un estremecimiento al verla así. Llegó el día en que salía huyendo cada vez que trataba de desprenderle el corsé. Era demasiado rápida para mí y tuve que renunciar a quitárselo. A todas horas sentía aquellos ojos de loca clavados en mí; incluso cuando tumbado sobre ella, amándola, trataba de ignorarlos, no podía dejar de ver aquellas pupilas asesinas, sin pestañeos, que me producían escalofríos, fijas en mí en todo instante…

   Una tarde desapareció. Volví a casa del trabajo y no la encontré. Faltaban también la gabardina y las zapatillas. Presa de angustia, la estuve buscando durante dos días y dos noches seguidos sin resultados, pero, de pronto, al tercero, desperté alegre, aliviado de no tener que soportar más aquella mirada sobrecogedora sobre la mía en todo momento, y cejé en la búsqueda. Sólo al pasar junto al sofá donde se tumbaba o al tropezar con la pelota de lunares rojos con la que solía jugar, sentía una fugaz punzada de nostalgia.

   Al anochecer del tercer día, mientras me inclinaba distraído sobre mi lectura, reapareció de improviso, provocándome un sobresalto. Encendí la luz para verla mejor; el cambio producido era extraordinario. La habían peinado y teñido de rubio, la habían también maquillado, sus párpados ya no estaban fijos sino que subían y bajaban como los de una muñeca, su sonrisa se estiraba y se encogía en un vaivén mecánico, y lo peor de todo, cuando por fin se abrió el impermeable y me mostró el cuerpo desnudo, vi que el arnés había desparecido y, en su lugar, unos horribles costurones soldaban para siempre a sus adorables hombros la cabeza y el cuello de Lolita, con los ojos criminales, que ahora no paraban de guiñarme, y la sonrisa de orate, que no dejaba de estirarse y contraerse en una mueca espasmódica… Me tendió unos brazos ansiosos y avanzó hacia mí. ¿Cómo describir el horror que se apoderó de mí  al ver que a aquella cabeza reinando sobre la que no poseía ni nombre y que ahora no tendría más remedio que llamar Lolita? Entonces huí y la abandoné. Y también al mudo aquel que sólo sabía decir Guadalajara.

© Javier Quevedo Arcos

Javier Quevedo Arcos (Sevilla, 1957), estudió filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid y en la actualidad trabaja como bibliotecario en Vallecas. Aunque antes ha publicado relatos en tres antologías colectivas, Animales que no se pueden acariciar (Editorial Pepitas de Calabaza, 2015) es su primer libro que, además, ha resultado ganador del XXI Premio Literario Café Bretón & Bodegas Olarra.

 Reseña del libro

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