Animales que no se pueden acariciar, de Javier Quevedo

Animales que no se pueden acariciar (editorial Pepitas de Calabaza) es el bello título que Javier Quevedo Arcos ha escogido para su primer libro de relatos. Un debut literario, mención aparte de su participación en diversas antologías como “La carne despierta” (Gens Ediciones) y “Relatos 03” (Ed. Tres rosas amarillas) entre otras, de la más alta calidad. No en vano, el autor se alzó con estos cuentos con el XXI Premio Literario Café Bretón.

Animales que no se dejan acariciar - PortadaLos once relatos que componen el libro son historias nada complacientes y poco realistas; sátiras en las que juega un papel fundamental lo imprevisible. En todos ellos predomina un narrador que, o bien nos muestra su propia soledad, o actúa como espectador de la soledad de otros: esos animales que no se pueden acariciar y que podríamos ser cualquiera de nosotros, intentando salvaguardar nuestras fragilidades y nuestra vulnerabilidad; personajes que no parecen encontrar su sitio en el mundo, quizá porque el mundo ya no es sitio para nadie. Pero son, sobre todo, historias contadas con un brillante humor mordaz que, en ocasiones, desemboca en rabia, en cierta agitación violenta, unas veces más latente en la trama, mientras que otras subyace en la narración.

Abre el libro el relato “El mono pelón”, con cierto estilo beckettiano y una ácida ironia, nos muestra ya a un hombre tan básico como un simple animal, anticipo del desfile de personajes desvalidos y solitarios que nos esperan en las páginas que siguen. Así pasa con el protagonista de “Amok en Berna, otoño 2011”, un viajero de corte cosmopolita que repudia lo que la sociedad suiza – tan aparentemente neutral -, hizo a los judíos durante el holocausto. El concepto de extranjero urbanita aparece también en otros relatos, personajes que viajan por París o Londres, o que viven como extranjeros en un Madrid de convencionalismos.

Pero aparte del sentimiento de expatriado y la ya mencionada sensación de estar como fuera de lugar, otro de los conflictos de estos personajes es la imposibilidad del amor. Eso que como animales nos mantiene a la defensiva, nos impide traspasar la barrera de el otro, haciendo que la idea de pareja se vuelva algo inalcanzable. Así sucede en dos de los relatos en los que la narración imita, con cierto aire de leyenda, a los cuentos clásicos, como son “La muerte, la doncella y el gañán (un cuento gótico)” y “El puente de los tropiezos”, que narran cómo conseguir el amor pasa por la misma muerte. Es en este último donde aparece, por primera vez en el libro, una mujer inalcanzable, que no se puede tocar, una mujer idealizada, casi al estilo de la “Nadja” de Bretón. Y que aparecerá también, con alguna variante, en dos de mis relatos favoritos de la colección, “Ruby, Ruby” y “La mujer sin cabeza”, siendo este último una composición de corte surrealista e hiriente belleza.

En las peripecias de estos protagonistas, se conecta también con la tradición del absurdo al más puro Chesterton en relatos como “El eremita”. Y que es llevado al extremo en “Londres para poetas solteros”, relato donde el personaje principal entra en contacto con una extraña doctrina, que consigue adeptos precisamente por lo ilógico de sus principios. Toda esa ironía vira hacia un humor más clásico, pero no por ello menos efectivo, en “Entra un gangoso en la farmacia…”, en la que otra vez se nos muestra un personaje solitario, con una vida tan absurdamente cíclica en la que abocarse a lo incierto sería casi como dejarse morir. Y por si todo esto fuera poco, aún nos queda el relato que cierra el libro, “El amor al interior de las curvas”, la historia de un hombre obsesionado a partes iguales por la carretera y por una mujer, y que supone una narración inquietante con una textura muy absorbente.

Con todo lo dicho, no puedo menos que recomendaros que leáis a Javier Quevedo Arcos, ya que se trata de un escritor dotado de gran imaginación y no menos coraje narrativo, que ha realizado un trabajo paciente y riguroso, cuya lectura os dejará sintiendo el zarpazo de esos animales que desfilan por sus cuentos y que no se pueden – quizá sólo porque no se dejan – acariciar.

Pincha este enlace para leer uno de los relatos del libro de Javier Quevedo Arcos: “La mujer sin cabeza”

Escriba una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *